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Columna de Daniel Matamala: Volver al pasado

Columna de Daniel Matamala: Volver al pasado

En la trilogía “Volver al futuro”, el archienemigo del protagonista, Marty, es Biff Tannen, un matón escolar que les hace la vida imposible a sus padres. Biff es un tipo de pocas luces, que termina como servicial empleado de quien antes hostilizaba.

Pero en la segunda parte de la trilogía, el guion da un vuelco. Gracias a un golpe de suerte, el rústico Biff se convierte en un millonario, dueño de una gigantesca torre y casino, que domina a una típica ciudad estadounidense (Hill Valley) en versión distópica, en un futurista año 2015.

En el 2015 real, el guionista Bob Gale confesó que el personaje de Bill Tannen se inspiró en otro sujeto famoso por su torre, sus casinos, su comportamiento de matón y su ego: Donald Trump. “Pensamos en él cuando hicimos la película”, dijo Gale, quien relató una escena inspirada en Trump: “Cuando Marty confronta a Biff en su oficina, hay un gran retrato de sí mismo en la pared tras él, y Biff hace exactamente la misma pose con la que aparece en el retrato”.

Bueno, en 2025 estamos viviendo en “Volver al futuro II”.

Un matón de pocas luces se ha hecho del poder y está provocando una distopía. A diferencia de su primer período, ahora este Biff Tannen de la vida real está actuando a sus anchas, sin ser constreñido por una burocracia de personas preparadas. Trump se ha rodeado de un círculo de yes men y yes women, seleccionados por su incondicionalidad hacia él, no por su capacidad o pensamiento crítico.

Esto incluye a un ministro de Salud antivacunas, una directora de Inteligencia que difunde propaganda rusa, un ministro de Defensa cuyo mayor mérito es haber sido comentarista del programa de televisión favorito de Trump, y un consejero de seguridad nacional que adelanta operaciones militares secretas en un grupo de chat.

La consecuencia es una serie de medidas absurdas, que pueden destruir la presidencia de Trump, si es que no destruyen antes la democracia de su país y la economía mundial.

En su “Día de la liberación”, Trump declaró una guerra comercial contra el planeta entero. Supuestamente, son impuestos “recíprocos”. “Eso significa que lo que ellos nos hacen a nosotros, nosotros se lo hacemos a ellos. Muy sencillo. Más sencillo imposible”, dijo Trump.

Sin embargo, esa es otra mentira más de este mitómano en serie. La fórmula usada para calcular los aranceles fue tomar el déficit comercial de bienes de Estados Unidos con un país, dividirlo por sus importaciones y luego por dos.

¿Qué pasa con los países como Chile con los que, al revés, Estados Unidos tiene superávit? Pues se les aplica un arancel del 10%. ¿Por qué? Porque sí.

Por supuesto, es una palmaria estupidez suponer que un déficit comercial es el resultado de una estafa de un país sobre otro, o que el mundo sería mejor o más justo si le compráramos y le vendiéramos exactamente la misma cantidad de dólares a cada uno.

Un ejemplo de la seriedad de los anuncios son las islas Heard y McDonald, que aparecen castigadas con un “arancel recíproco” del 10%. Se trata de un territorio cercano a la Antártica, poblado solo por focas y pingüinos, y cuyo intercambio comercial con Estados Unidos es igual a cero.

Como nadie vive ahí, nadie compra ni vende productos estadounidenses. Pero al parecer los silvestres habitantes de Heard y McDonald han estado “robando” y “estafando” a los sacrificados productores norteamericanos.

Pero, al fin, el “Día de la liberación” ha llegado. Y el autoproclamado “genio” hará justicia sobre los malvados pingüinos de Heard y McDonald, que ahora deberán pagar un 10% por sus “exportaciones”.

Las opiniones sobre esta guerra comercial están divididas: Trump cree que es una idea genial. Todo el resto del mundo (economistas de izquierda y derecha, el líder de la Reserva Federal y los mercados, que respondieron con su peor caída desde la pandemia) lo considera una insensatez que dañará a todos, partiendo por los consumidores y las empresas estadounidenses.

El objetivo declarado de esta guerra es traer de vuelta las industrias a Estados Unidos. Para poner un ejemplo de lo absurdo de las medidas, el misérrimo país africano de Lesoto ahora soportará una tasa de 50% para sus exportaciones de jeans. ¿Cómo beneficiará eso a los estadounidenses, aparte de subir los precios de sus pantalones? ¿Acaso Wrangler y Levi’s moverán sus fábricas a Texas para pagarles sueldos africanos a los trabajadores estadounidenses?

Países, empresas y consumidores ya vivimos en un mundo globalizado. Deshacer la globalización es como tratar de meter al genio de vuelta en la botella: es imposible.

Pero Biff Tannen nos está subiendo al DeLorean para llevarnos de vuelta al pasado en todas las áreas.

En economía, a 1930. Con su guerra comercial, Trump borra un siglo de liberalización económica y nos devuelve a la era de guerras comerciales, que pronto se convirtieron en guerras militares.

En geopolítica, a 1945, antes de que se creara un orden mundial basado en el respeto a las fronteras, los tratados y las instituciones internacionales.

Y en política interna, a 1950, con una versión aterradora de macartismo impulsado desde la Casa Blanca, donde universidades, estudiantes y empresas son puestos en listas negras de castigo ideológico por crímenes como permitir la libre expresión o implementar políticas de diversidad.

Un factor fundamental en la emergencia de Estados Unidos como superpoder fue su capacidad de captar a las mentes más brillantes de todo el planeta, que huyeron de regímenes represivos y convirtieron a Nueva York y San Francisco en capitales creativas del mundo. Pero la deriva dictatorial de Trump amenaza con causar el efecto inverso: un éxodo de intelectuales y científicos.

Así, Trump está destruyendo las bases políticas, económicas y culturales del poderío estadounidense, en un intento delirante de echar hacia atrás el reloj para recuperar un supuesto paraíso perdido de su país.

El make America great again de este Biff Tannen de la vida real es un intento absurdo de volver al pasado, que solo está destruyendo el presente y el futuro del mundo.

Fuente

LaTercera.com

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