Distopía
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Distopía

La distopía es una palabra de origen griego que une dos conceptos “dis” qué significa malo y “topos” qué significa lugar, vale decir un mal lugar. Se considera la “hermana oscura” de la utopía, que es un lugar perfecto, ideal, pero que no existe, al contrario de la distopía ella es irreal e irrealizable. La palabra utopía está compuesta por “u” qué significa no y “topos” qué significa lugar, se trataría entonces de un no- lugar.
Si ese lugar pudiera existir, debería llamarse eutopía donde “eu” significa bueno y cómo sabemos “topos” significa lugar.
Con profunda sabiduría y astucia la historia ha dejado en uso solo las palabras utopía y distopía como expresiones contrapuestas.
Tomás Moro en el siglo XVI escribió “Utopía”, en la que describe una isla imaginaria con un sistema político y social ideal y perfecto; él tuvo la lúcida intuición de señalar a través de su título que jamás podría existir.
En 1868 John Stuart Mill utilizó el término distopía para referirse a gobiernos muy reales que llevaban a sus países a situaciones peores, a condiciones de vida humana negativas o incluso aterradoras.
Si bien utopía y distopía son términos opuestos, la historia nos enseña que han existido muchas experiencias en las que un pensamiento utópico puede conducir a la peor de las distopías, siguiendo ese sabio dicho de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.
Este aforismo se le atribuye a un santo francés del medioevo, san Bernardo de Claraval, desgraciadamente para él, el proverbio se hizo famoso, pero no el santo.
Una sociedad distópica podría definirse como aquella organizada bajo un sistema opresivo, autoritario, deshumanizado, en la que los derechos y las libertades individuales están restringidos y donde se considera la existencia de una verdad única, en la cual el pluralismo no existe, la información es controlada y la tecnología es usada para reprimir y no para liberar.
La crítica es denostada y castigada y muchas veces la desigualdad social y económica es extrema. Es decir, una sociedad que puede tener incluso altos niveles de modernidad instrumental, pero donde los gobernantes no están sometidos a reglas consensuadas, las personas no conforman sujetos políticos y la modernidad normativa está ausente o muy disminuida. En otras palabras, la democracia y el cumplimiento de las reglas democráticas dejan de existir o lo hacen de manera agónica.
Las sociedades distópicas han existido profusamente en la historia de la humanidad y ha sido muy grande y laborioso el esfuerzo humano para acumular prácticas civilizatorias que disminuyan las tristes condiciones materiales y espirituales de existencia que ellas han generado.
Ello tampoco ha seguido un curso lineal ascendente, se han logrado avances seguido de retrocesos y convivencias pacíficas seguidas de conflictos bélicos letales.
La tendencia que observamos al completar el primer cuarto del siglo XXI es más bien de retroceso civilizatorio. Por doquier predominan elementos distópicos con el agravante de que representan un peligro mucho mayor que en épocas anteriores porque si bien gracias a los avances cada vez más rápidos de la modernidad instrumental los seres humanos viven en su gran mayoría mejor que en cualquier tiempo pasado, la capacidad destructiva actual entraña peligros hasta ahora desconocidos.
La modernidad normativa, aquella que dice relación con la convivencia pacífica, la democracia y la vigencia de los derechos humanos tiende a contraerse, a debilitarse y las instituciones y las reglas surgidas después de la Segunda Guerra mundial pierden su eficacia.
Somos testigos de invasiones y guerras en Europa y en el Medio Oriente, del resurgimiento imperial y expansivo de los Estados-Continentes con mayor poderío nuclear, de una competencia por la primacía mundial que tiene poco de competencia pacífica y menos aún de esfuerzos de colaboración para un avance compartido capaz de enfrentar de conjunto los grandes desafíos de nuestro planeta.
No solo la democracia ha pasado a ser minoritaria. China disputa la primacía mundial con un régimen dictatorial y Rusia recupera a través de la fuerza y bajo una dictadura oligárquica su rol de potencia mundial; India avanza con una democracia cada vez más imperfecta y Europa aparece debilitada y desprotegida, sus democracias son amenazadas por populismos soberanistas nacionalistas y xenófobos.
El factor más reciente e inquietante es el que representa la todavía primera potencia mundial, Estados Unidos de América, bajo la presidencia de Donald Trump.
En pocos meses en el poder su gobierno está acumulando cambios históricos que producen desasosiego en su interior y en su política internacional, desdibujando una construcción histórica democrática imperfecta e inacabada, pero sostenida en el tiempo y fundamental para la existencia de un orden mundial con reglas que permitan un desarrollo pacífico.
Lo que allí se manifiesta no es solo un cambio de orientación de un gobierno populista de derecha y supremacista que opera dentro del sistema, tensando, pero aceptando la democracia y el balance y el control entre sus instituciones. Estamos ante el intento de un cambio de régimen.
Trump carece de convicciones democráticas, ve en la democracia liberal un obstáculo a sus pulsiones autoritarias, desprecia a quienes no comparten sus posiciones, se ha construido un mandato divino a su medida para construir una “América Grande” concepto vacío de ideas, pero lleno de amenazas.
No es raro que se entienda con los llamados hombres fuertes como Putin, como Netanyahu, como Erdogan, como Xi Jinping como Kim Jong-un. En cambio, su relación con los líderes democráticos tiende a ser crítica y compleja cuando no grosera y agresiva.
En su accionar es muy difícil encontrar valores éticos, principios políticos, orientaciones humanitarias, todo se reduce a transacciones abusivas de interés geopolítico o económico. Más que la acción de un estadista, su accionar se parece a la rutina de un mercachifle.
¿Será la tradición democrática de Estados Unidos capaz de resistir este intento distópico, resistirán sus instituciones? ¿Habrá una reacción de su ciudadanía para morigerar y cambiar las cosas?
Espero que sí, pero tal apuesta es incierta. Quienes pueden hacerlo son los estadounidenses, pero el miedo y el peligro va mucho más allá de sus fronteras.
Hacen bien los demócratas europeos de izquierda y de derecha en pensar en protegerse a sí mismo, y en fortalecer sus valores democráticos. Debería ser la tarea de todos quienes aprecian la democracia y la libertad, los valores civilizatorios tan duramente construidos y hoy tan debilitados.
Volviendo a nuestro Chile, de pronto observo en el debate político una total ausencia de referencia a la fase política que atraviesa el mundo, como si ello no nos afectara, parecería que no entendemos que mucho de lo que nos pasa es un reflejo de problemas más globales.
Creo que hay mucha pequeñez andando, mucha trifulca fútil que puede debilitar el fortalecimiento del debate democrático y de la cooperación democrática alentando así el avance de unos Trump y Putin en miniatura que esperan su momento para levantar sus banderas distópicas. Es imprescindible cambiar el tono.
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